¡Vení a la escuela pero para jugar al fútbol!

Presente y pasado

El muchachito intercepta el balón sonoro en la mitad de la cancha y dribleando encara hacia el arco.

Y entonces, veo nuevamente a Silvio Velo frente a Brasil, en la final del Mundial de Buenos Aires. El sector del campo de juego era el mismo, y luego del pase de Lucas Rodríguez, el cappitán de los Murciélagos se adueñó de la pelota con cascabeles.


El jovencito amaga el remate a la portería e intenta tirar una pared con un compañero mientras la tarde cae en la cancha del patinódromo del CENARD.

Velo, en una fracción de segundo, desairó a dos rivales y ante el achique del arquero se la cruzó, arriba y al ángulo, e inició el festejo de su obra maestra que le daría el título de bicampeón del mundo a su Seleccionado.

Finaliza la práctica y los chicos se entretienen pateando el esférico mientras algunas madres y un abuelo conmovido que dejó su trabajo, “soy fumigador y le dije a un cliente que hoy no podía ir, porque mi nieto espera ansioso venir a la escuelita y quería traerlo”", disfrutan orgullosos el entretenimiento del que sus seres tan queridos son protagonistas.

Era noche estrellada y en la cancha del Patinódromo del CENARD los segundos transcurrían lentos y pesados, ese 30 de noviembre de 2006, y los brasileños cercaban el arco que defendía Darío Lencina con la protección de sus cuatro compañeros.

Los 3000 espectadores y los más de 100 periodistas aguantaban la respiración en silencio… Hasta que la chicharra desató la euforia y los presentes, orgullosos y conmovidos, homenajearon con cánticos, gritos y aplausos la consagración de ese grupo de futbolistas ciegos que lucían la camiseta de la argentina y levantaban la Copa de campeones viendo sus sueño hecho realidad.

“¿Por qué no?”, pienso cuando Darío Lencina, el profesor de la escuelita, hace sonar el silbato y salgo de mi ensoñación para ingresar a la cancha y charlar con ellos. Quizás algún día, de acá a diez o qince años, las imágenes que estoy presenciando y las que recordaba se entrelacen y la historia vuelva a vivenciarse.

Presente

Dentro del rectángulo de juego, guiándolos muy atento a sus movimientos como lo hace todos los martes y jueves, Darío Lencina sonríe de satisfacción.

El arquero de los Murciélagos desde el año 2000 y preparador físico de las Selecciones Sub 21 y Sub 23, no tiene forma de ocultar en cada uno de sus gestos el beneplácito que le genera ser el responsable de la escuelita de fútbol de la Federación Argentina de Deportes para Ciegos.

Y esos gestos, producto del sentimiento genuino sin un solo rasgo de soberbia, contagian a sus alumnos nutriéndolos de alegría y motivaciones.

El profesor, muy a su pesar, debe decirles que la clase concluye, los agrupa en círculo dentro de la cancha y me invita a conocerlos.

Y al instante, me siento atraído por una fuerza dulce y cálida que me envuelve y me transporta a un mundo de tanto bienestar que parece irreal.

Y noto que sus corazones laten unidos para que esas sensaciones tan placenteras no sediluyan.

Son los corazones de Eric Gabriel Vega, Fabián Jairo Espinoza, Juan Ignacio Oviedo, Ezequiel Lucas Conti, Joaquín Fernando Villanueva, Damián Rojas y Jorge Ariel Vega.

“¡Ezequiel, tenés que hacer deporte! ¡Movete!. decía mi mamá”, cuenta risueño y arrastrando las últimas vocales de cada frase, quien con sus 12 años se muestra como el más locuaz del grupo.

“Me da placer jugar con mis amigos al fútbol, patear, hacer goles, que se diviertan todo el día conmigo” y cuando sea grande “quiero ser locutor y… ¡Manejar aviones!”, destaca dejando con su tonito tan comprador una estela que te conquista sin esfuerzo.

“Yo también voy a ser locutor en una radio de noticias y en otra de música”, asegura Juan Ignacio, Nacho, con un tono que evidencia total convencimiento.

“Me gusta mucho jugar y charlar con mis compañeros y quisiera más adelante ser un futbolista de los Murciélagos”, añade, Y a los 10 años irradia liderazgo aunque él todavía no lo note.

Joaquín, 11 años, admira a a Mariano Clos. “¡Sí, me encanta como relata!. Yo voy a ser periodista deportivo”, me comenta. Ymuy extrovertido agrega: “También voy a estudiar portugués, italiano y catalán. ¿Y sabés? Mi mamá a mi hermanito lo va a mandar a estudiar turco. ¡Lo mató! Jajaja”.

Joaquín es el único hincha de Ríver que hoy concurrió a la escuelita, ¡y Juego de delantero y quiero hacer muchos goles como Mariano Pavone!”,.

Los demás son de Boca pero “¡Yo soy fanático!”, remarca Ezequiel. Martín Palermo es el ídolo de él, Eric, Fabián y Nacho. El de Damián es Juan Román Riquelme y a Jorge le gustan también Cristian Chávez y Sergio Araujo.

Eric, apenas me acerco, pide tocar mi grabador. Lo hace con mucho respeto y cuidado. Con 8 años, muestra madurez y claridad conceptual: “Quiero ser futbolista”, admite, “porque me gusta mucho jugar a la pelota con mis compañeros que son mis amigos. Me siento muy bien con Darío. Es un gran profesor. ¡Y también me gusta mucho como se ríe Damián! Todos nos llevamos muy bien”.

Fabián y Damián son bastante inquietos. Se interrumpen a las carcajadas, Prenden y apagan mi grabador y como antes me sucedió con Nacho y Ezequiel, quieren escuchar lo que habían dejado grabado.

Fabián tiene 8 años aunque primero me dijo que “¡tengo como mil!”. “Me gusta patear tiros libres y penales y hacer muchos goles como Palermo”, exclama, “¡Y ser conductor de trenes. Y a mucha velocidad!”.

Damián, 7 años, lo escucha yríe. “¡Yo quiero ser el dueño de una fábrica de caños y venderlos!”, cuenta sin soltar sus manos del grabador. Y ávido de respuestas consulta: “¿Cómo funciona? ¿Me dejás tocarlo? ¿Y este botón para que es?”,”.

Esperó paciente a que todos sus compañeros charlaran conmigo y se acerca. Humilde y complacido por su rol dentro del equipo y fuera de la cancha, Jorge, 10 años, el arquero, relata: “Soy el hermano de Eric y me encanta jugar al fútbol pero especialmente compartirlo con mis compañeros ciegos. En la cancha les marco los palos, les paso la pelota y los ordeno posicionalmente. Y me gustaría seguir junto a ellos y ser el arquero de los Murciélagos cuando sea grande. ¡Son excelentes compañeros que viven apoyándose y cuidándose todo el tiempo!”.

Los chicos ciegos concurren a dos escuelas, la especial, por su carencia visual y la común con maestra integradora.

Ninguno vive cerca del CENARD y casi todos en provincia. Pero los días de escuelita de fútbol, no hay distancia, temperatura ni cansancio que los haga desistir.

Llegan contentos y Darío Lencina lo sabe y reflexiona: “Tengo una emoción egocéntrica dentro mío. Y me ilusiono porque les doy herramientas para que puedan utilizar, crecer y ser un Murciélago. Pero son muy chicos aún y más adelante pueden volcarse a otros deportes, a la música o a otra actividad. Pero si de viejito podría verlos jugar en la Selección sería,ya está, cumplir mi sueño”.

“Este proyecto surgió hace tres años”, informa Darío, “porque la Comisión Directiva de la FADeC sintió la necesidad de darle algo más al deporte adaptado y pensó en una escuelita de fútbol. Empezamos con dos y ya son once los chicos, de 7 a 13 años, que vienen regularmente. Ojalá que se sumen más porque cuanto más vengan es mejor para la integración, adaptación y proyección de ellos, no solo en el deporte sino también en lo social. ¡Y que importante es el rol de las madres, trayéndolos, acompañándolos y apoyándolos en todo momento bancándose junto a ellos el frío, el calor o la fatiga!”.

“¿Podemos seguir jugando mientras vos hablás?”, le consultan dos alumnos con picardía.

“¡Claro!”, responde el profesor.

“¡Cómo negárselo!”, supongo que pensamos los dos al unísono.

Darío precisa: “Al principio me daba rabia y me iba mal al ver como la vida te quita cosas desde temprano. Pero siempre analizo que cada uno de ellos tiene la posibilidad de crecer en algún aspecto, en la vida cotidiana, en la escuela, en el deporte, en lo social, y el día de mañana en el trabajo. Creo en ellos, en que la gente discapacitada más allá de la edad, dentro suyo tiene una energía especial que nutre y te hace fuerte en lo queposeés por encima de lo que te falta”.

-Estamos sentados solos en la cancha. Damián sigue muy interesado en mi grabador pero se resigna. “Ya tenemos que irnos. Todos lo están haciendo”, me dice. “¿Me acompañás a la salida?”.

Me embarga un poco de tristeza porque ahora, la magia de los chicos empieza a quedar en mi recuerdo . Y nos ponemos de pié, lo abrazo por los hombros e iniciamos el camino hacia la salida.

Presente, pasado y futuro

Aún no termina la práctica, y Diego Cerega, uno de los referentes de los Murciélagos, luego de ducharse tras el entrenamiento vespertino, como un espectador más, pegado a la baranda de contención goza del juego.

Pero como es imposible que su presencia pase inadvertida, los jovencitos olvidan el fútbol por unos segundos y se acercan a saludarlo con el afecto que solo se le transmite a quien te lo hace sentir y devuelve en todo momento.

“Voy a contarte una historia”, me dice Diego pidiéndole disculpas por la interrupción a Nelly, la señora con quien está hablando.

Y me confiesa: “Hace alrededor de tres años dí una charla para una empresa en un hotel importante y Noelia, la metre del servicio de catering, se emocionó mucho. Luego me enteré que su hermanito se había quedado ciego dos años antes, a los 5, y que el vernos a mí y a Antonio Mendoza, que me acompañaba ese día, la movilizó de manera tal que al poco tiempo, con su madre, Nelly, a quien ves aquí al lado y a su hermanito Nacho, me vinieron a visitar y comenzó nuestro vínculo”.

Y Cerega continúa: “Ella sufrió mucho la pérdida de la visión de su hermano y creía que el mundo se terminaba para él. Cuando nos conoció descubrió que ceguera no era sinónimo de abatimiento. Nacho, como los demás chicos, gracias a Dios, solo perdieron la vista y el resto de sus sentidos y capacidades están intactos con todo el futuro por delante. No ver puede limitarte en algunas cosas pero no es impedimento para ir en busca de metas grandes. ¡Si tenés la convicción vas a conseguirrlas!”.

Nacho, luego lo supe, era quién interceptó el balón sonoro en la mitad de la cancha y dribleando encaraba hacia el arco.

“¿Por qué no?”, pienso otra vez mientras vuelvo a mi casa. Quizás algún día, de acá a diez o qince años, las imágenes que acababa de presenciar y las que recordaba del Mundial se entrelacen y la historia vuelva a vivenciarse.

Y deseo con todo mi ser, que Dios no permita que a estos chicos les roben las luces de su alma para que sigan, en una cancha de fútbol o en cualquier lugar en que se encuentren, iluminando su transitar por el camino de la vida con mucha felicidad.

Para que algún día también, se consagren campeones y levanten la Copa de su propio sueño hecho realidad.

DANIEL HOFMAN

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